Me llamo Thomas Stapleton.
Todo comenzó...
...mi mente me falla y creo no recordar el verdadero origen de mi angustia ni aún los detalles que me abocan a ella. Pero esta vez he de hacer un esfuerzo, por mi propio bien, por mi descanso en paz definitivo.
Paseaba de vuelta a casa desde el trabajo, el martes pasado en la tarde. Como quisiera que esa mañana el coche no me respondiera, y ni tiempo me quedara disponible para intentar dar el aviso al taller y esperar a que viniesen a casa a recogerlo, decidí ir a pie a la oficina, pues por la relativa cercanía de mi lugar de trabajo así me lo podía permitir. Luego de una extraña jornada laboral en que superiores y compañeros parecían habitantes autómatas de un limbo desconocido, en tal ambiente antisocial nos había llegado a sumergir la maldita crisis a todos, me dirigía por fin al ansiado y tranquilizador hogar, donde me esperaba mi querida Amy. El mero hecho de fantasear con ese exquisito té y pastas con que mi esposa me ragalaba cada tarde, hacía que mereciese la pena el triste paseo de regreso con que rematé un día de lo más peculiar y cuanto menos chocante, en que hasta los pocos conocidos con que me cruzaba por la calle parecieran francamente ajenos a cualquier realidad. Llegué sobre las cuatro y al disponerme a introducir la llave en la cerradura para entrar en casa, comenzaron a tener lugar una serie de singulares sucesos que desembocaron en tan desafortunada conclusión. Para empezar, la puerta se abrió, como por arte de magia, antes de que pudiese girar la manilla. "Amy debió de haberla cerrado mal sin querer...", pensé enseguida. Pero antes de completar dicha reflexión, el segundo desconcertante suceso entró en escena. Y es que la casa aparecía envuelta por una fragancia especial que si bien no me era del todo desconocida, no acertaba a ponerla en pie en ese momento. Un leve murmullo por ende, comenzó a llegar hasta mis oídos. Parecía un grupo de personas reunidas charlando en tono suave y a la vez apesadumbrado. Las palabras me llegaban como amortiguadas, las percibía densas, como a destiempo...un batiburrillo de sílabas inconexas, como si de un idioma desconocido se tratara, del cual sólo pude extraer un sentimiento intenso de profunda melancolía.
Lejos de amedrentarme ante tan sorprendente situación, alcé la voz y llamando a Amy avancé desde el vestíbulo al pasillo que comunica con el salón. No hallé a nadie. Sin embargo, el aroma que minutos antes apareció sutilmente ante mí, ahora golpeaba de manera contundente todos mis sentidos. Parecía provenir en fin, de la pequeña habitación de invitados y hacia allí dirigí mis pasos a la vez que la insólita tertulia graznaba con mayor intensidad, que no nitidez.
Y entonces la vi a ella.
Amy salía del baño, totalmente demacrada y hasta me pareció mucho más delgada. Vestía de negro y en sus ojos pude percibir una profunda tristeza antes de que se desplomara sobre el suelo, luego del grito desgarrador en el que mi nombre fue único protagonista. En cuestión de segundos vi salir de la habitación de invitados a familiares y amigos que corrieron en su ayuda. Ninguno parecieron tener en cuenta mis indiscriminadas y angustiosas demandas sobre qué era todo aquello, siendo en ese preciso instante, cuando una corazonada intensa y punzante cual puñalada a traición, me hizo avanzar sobre sus pasos hacia la habitación desde donde el fétido aroma se hacía ahora con todo el recinto.
Allí, sobre un soporte preparado al efecto, un ataúd con la tapa abierta se alzaba impasible presidiendo la estancia, cuatro ciriales, uno a cada uno de sus extremos, y dos incensarios prendidos, completaban la macabra escena.
Recorrí los escasos metros que me separaban del ataúd con el corazón en un puño, como sabiendo que la asimilación de los hechos no pasa sino por la aceptación ante todo. La aceptación de lo indefendible, lo inexplicado y lo grotescamente inesperado.
Y fue entonces cuando tendido allí dentro...me vi a mí mismo.

© Mary Lovecraft 2008







